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domingo, 22 de agosto de 2010

Estrategia. El hábito No. 2 de la productividad

Ajedrez


¿Haz observado un juego de ajedrez? ¿de cartas? ¿de dominó?

¿Has reparado en el hecho de que en la mayoría de las ocasiones los participantes en esos juegos planean sus jugadas?

No les da lo mismo mover una pieza o sacar una carta cualquiera. Y si lo planean es porque seguramente quieren ganar: ese es el objetivo.



Que no dé lo mismo cualquier acción en un juego nos habla de que el orden de las acciones y la planeación de éstas es de vital importancia para lograr ganar.

Si bastara con planear acciones como si fuera una lista de tareas a seguir hasta cumplir con el objetivo, además de no importar el orden de éstas tampoco importaría el momento, quiénes son nuestros competidores, etc.

En un juego a casi nadie se le ocurriría omitir todas estas variables, y en innumerables ocasiones seguramente te has encontrado guardando tu mejor carta, o tu mejor ficha para el momento oportuno.

¿Tomaste una carrera o un diplomado para aprender eso?

Seguramente no. Quizá bastó con algunos buenos consejos que te dieron al principio y, sobre todo, la observación.

Eso, y no otra cosa, es estrategia.

Sin embargo, porqué misteriosa razón no la empleamos en otro tipo de desafíos que cotidianamente enfrentamos? ¿porqué hacemos infinidad de cosas de golpe, por impulso, de forma impaciente, con enorme ansiedad en muchas ocasiones, si se trata de lo mismo?

En muchos de estos juegos es tan claro el valor y poder de la paciencia y de la templanza, de mantenerse tranquilo y atento a la jugada perfecta que seguramente llegará.

La mayoría de las ocasiones tiene esto, inclusive, tal carga de emoción que deseamos repetir la experiencia una y otra vez.

Pues sí, pareciera que una razón misteriosa en nuestras vidas nos impide con muchísima frecuencia elaborar un plan auténticamente estratégico para alcanzar alguna meta, la que sea.

Puede ser poner en orden, por fin, toda esa montaña de papeles que están sepultando el escritorio; o tirar todo aquello que lleva años guardado y que seguramente no volveremos a usar nuevamente -ropa, zapatos, aparatos electrónicos, libros, revistas, etc.-;  o por fin escribir el libro proyectado, y ¿por qué no? comenzar, ahora sí, con nuestro verdadero proyecto.

El problema es que lo hacemos casi siempre así: por impulso, sin plan, creyendo que con un fin de semana o un año de "echarle ganas" bastará para lograrlo.

Inclusive planeamos las acciones, que no consisten más que en una lista de tareas, sin orden y sin vínculo; sin ponderar su viabilidad y los tiempos reales; los costos que pueda implicar: es un plan de acción que se basa sólo en el hacer.

Claro, y además todo organizado... en la cabeza, nada más.

A ésta última se le llama planeación a secas



A la poderosa, inteligente, analítica y efectiva se le llama planeación estratégica.

Aquella casi siempre hace mucho y logra poco, se desgasta, va perdiendo poco a poco las piezas del juego y el autocontrol, y al final casi siempre pierde.

La última administra la energía, hace sólo los movimientos necesarios, observa constantemente el todo y las partes, tiene paciencia. Al final es enormemente productiva.

Y generalmente gana.

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