¿Eres de los que se queja con frecuencia que no le alcanza el tiempo? ¿Que por más que te esfuerzas jamás logras hacer aquello que tienes, o que deseas hacer? ¿Que pasan los días, los meses y los años y no sales de donde estás?
Es muy probable que ese cambio que deseas tenga mucha fuerza, pero si ese deseo sólo se queda en la mente, si crees que solamente basta con eso de "querer es poder", entonces creo que estás en problemas.
Una de las cosas que más me ha sorprendido en los últimos meses es darme cuenta que la tendencia a no planear es más popular de lo que creía.
Un buen sector de la gente no planea en absoluto.
Deseamos constantemente muchas cosas, y nos la pasamos anhelando lograr metas en algún futuro, pero difícilmente nos veremos hacer algo distinto a elaborar en la cabeza una idea de lo que queremos.
Hace tiempo leí una sentencia que me pareció contundente:
"¿Tienes un plan? ¿Está escrito? Si no está escrito no es un plan?"
¡Ups!
Aquí cabe una aclaración y quizá un pregunta.
Estoy seguro que en realidad sí planeamos; de hecho lo hacemos todo el tiempo.
Piensa en un simple acto cotidiano, por ejemplo:
Es de mañana en un típico día laboral. Estás en tu estudio sentado, o sentada, frente a la computadora. De pronto volteas a ver tu taza sobre el escritorio y descubres que está vacía. Se te antoja un poco más de café.
Acto seguido haces un recuento de todo lo que tienes qué hacer y cómo hacerlo -es decir, en qué orden- para poder continuar trabajando acompañado, o acompañada, de otra taza de buen café.
Sin pensarlo estás planeando; casi de manera mecánica, o por lo menos eso funciona automáticamente con una eficiencia sorprendente.
Hasta aquí todo suena muy bien, pero me pregunto si esa forma de planeación es suficiente para hacer cosas más elaboradas.
Y lo sorprendente es que la respuesta es de sentido común.
Estos actos cotidianos que menciono los podemos definir como tareas. Nada más. Algo así como acciones muy específicas que se encaminan a un solo objetivo.
Pero modificar algo más relevante en nuestras vidas: cambio de trabajo, comprar una casa, hacer un largo viaje, poner orden en nuestros asuntos, emprender nuestra propia empresa personal, etc., requiere que lo entendamos como un proyecto, y un proyecto está hecho de un conjunto de tareas.
De modo que no podemos emplear la misma técnica de planeación. Elaborar el plan, es decir, la lista de tareas que se requieren para que un proyecto logre su objetivo exige emplear otra técnica e incorporar otros hábitos.
Nuestra mente no puede con tanto. Necesita que le ayudemos.
- Iniciar con una "lluvia de ideas" teniendo papel y lápiz a la mano para anotarlas.
- Filtrar aquellas cosas escritas relevantes de las que no lo son.
- Ordenar las ideas.
- Ponderar su viabilidad y su tiempo de realización; en conjunto y por tarea específica.
- Acomodarlas, repartirlas e incorporarlas a la agenda.
etc, etc.
Cuesta trabajo romper con el hábito de emplear la misma técnica, pero no es imposible. Sólo necesitamos disciplina, coraje, paciencia y orden.
Y también puede suceder algo mágico.
Cuando tenemos el plan de algo muy nuestro, escrito y frente a nosotros, de algún modo esto te invita a asumir un compromiso, de corazón, con aquello que deseas lograr, y eso, créeme, vale muchísimo la pena.
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